LA PLAYA
Voy a tener que confesarlo ... me encanta la playa. Desde que tengo uso de razón _como dicen_ el mar ha sido uno de mis lugares favoritos.
Recuerdo que de niña me ponían a escoger entre una fiesta de cumpleaños o un paseo a la playa; las pecas que tengo en mi piel, evidencian cual era siempre mi respuesta: la playa.
Al principio, sin necesidad de mucha reflexión, podría pasar todo el día en el mar, recuerdo a mi mamá llamándome repetidamente: "¡venga para que se coma algo!" y no funcionaba hasta que decía "¡si no viene, no volvemos a venir!" y ahora sí, corriendo a comer la deliciosa papa de paseo, el pollo al ajillo y achiote famoso de mi mamá y el que no podía faltar, el huevo duro, todo sabía sumamente rico. Mami siempre cuidando de todos los detalles, para que la comida estuviera exquisita. Ya me dio hambre.
Continuando, la peor tortura era esperar la hora después de comer. No tenía mucha consciencia del tiempo, pero estoy segura que esa hora duraba una eternidad. Sentada mirando el mar, viendo como esas divertidas olas se desperdiciaban y yo allí, sin poder meterme al mar, porque había comido. Cada cinco minutos le preguntaba a mis papás: ¿ya pasó la hora? y mi madre tan linda me decía: "ya faltan cinco minutos", lo malo, es que lo repetía tantas veces que ya perdía la cuenta. Mi papá seguro mirándome desesperada le decía a mami: "ya falta poquito, ya puede ir a meter por lo menos los dedos en la orilla" pero por seguridad, ni en esas condiciones me dejaban.
Durante esa eternidad, jugaba con la arena, no haciendo castillos sino caminos o carreteras, armando y desarmando las líneas con alguna ramita que encontraba por ahí _al mejor estilo de lo que hoy se llama un jardín zen_. Cuando la espera ya se hacía muy pesada y las pequeñas lágrimas empezaban a saltar de mis ojos por la desesperación, papi salía a recoger piedras o conchas por la orilla de la playa y esa actividad si era entretenida. Con el tiempo adquirí un gran gusto por la recolección de estas maravillas que _ según yo_ el mar expulsaba como obsequio para quienes lo visitaban. Ahora sé que hay políticas de conservación ambiental que prohíben estas prácticas, así que por respeto, tan solo una piedrita me traigo de recuerdo para la casa.
Cuando llegaba ese preciado momento: "bueno, ya puede ir, pero solo en la orilla", eran las mejores palabras de la tarde, corriendo y saltando _ entre la alegría de volver al agua y las quemadas en las plantas de los pies por la arena caliente _ llegaba al mar. Y allí, de nuevo los saltos sobres las olas, las sumergidas entre ellas al mejor estilo de Guardianes de la bahía, las revolcadas de las olas que me arrastraban hasta la arena, en fin, toda una fiesta de alegres actividades con las olas.
Otro momento importante, era cuando papi se metía al agua, para mí era asombroso verlo nadar _ siempre en transversal, pues para adentro era muy peligroso_ ver como sus brazos y piernas se acomodaban para avanzar en el agua, era fabuloso, esa era mi meta, yo quiero aprender a nadar como papi. Luego me enteré que nadaba " estilo poza", pero bueno, esos son detalles que siendo niña no me quitaban la paz.
Como buena representante de la familia Quesada, con la piel siempre blanquita y frente a ese sol del mediodía, había que protegerse de alguna manera. Esa era la parte aburrida: con camiseta y pantaloneta para ver si no nos quemábamos tanto y la carita llena de crema Alba, (crema Alba 123, para su bebé) ja ja ja, que buenos recuerdos. Eso nos protegía, y la verdad, la cara blanca como no nos la veíamos, poco importaba, lo que si era importante, es que después de esa protección ya podíamos regresar al agua. En momentos era incómodo, especialmente cuando la arena se pegaba a esa capa de crema blanca y raspaba la piel, pero en fin, estaba en la playa.
Es una lástima, pues no tengo ninguna fotografía de esos viajes de aventura.
Ya por la tarde, por las grandes presas de Cambronero no era conveniente salir muy temprano a la carretera, pues con esas grandes filas _peor si pasaba algún trailer_ en las que solo en primera se podía avanzar, el Land Rover se ponía a calentar. Era mejor subir ya oscureciendo, para que la calle estuviera más libre y el día más fresco. Gracias a Dios por las presas _pensaba yo_ más rato en la playa. Es curioso cómo cambia nuestra forma de pensar cuando crecemos.
Pues si, oscureciendo mi mamá inicia otra vez su concierto, invitándome, exhortándome, obligándome, amenazándome, para que saliera del mar. Un último esfuerzo "la vamos a dejar ahí" y cuando la cosa se ponía complicada, ya mi papá se acercaba a la playa, ahí no había mucho que decir, calladita para afuera.
En seguida a refrescarnos con el agua dulce, a tratar de quitarle la arena a la ropa, a compartir con otras personas las duchas públicas, a cuidar en los vestidores que no se cayera la ropa limpia o a no mojar con el agua del piso el paño, el secarse bien y ponerse la ropa seca. Quitarse los enredos del cabello mojado.
Otra odisea era salir de ahí, pues los zapatos de cordones y las medias que llevaba no me las podía poner hasta que los pies estuvieran bien secos, por lo que, el esfuerzo era mucho a través de un largo recorrido, cuidando_casi obsesivamente_ para no llenarlos de arena. Además, había que ir sorteando las espinas y palillos, las piedras y picos de la calle de piedra que llevaba hasta el parqueo del balneario, resultaba ser una especie de tortura. En ese trayecto aún podía escuchar el sonido de las olas retumbando en mi cabeza, el calor en la piel, el cabello mojado _tan molesto cuando lo soplaba el viento_, los oídos tapados porque quizá aún tenía agua de mar ahí adentro.
Otra odisea era salir de ahí, pues los zapatos de cordones y las medias que llevaba no me las podía poner hasta que los pies estuvieran bien secos, por lo que, el esfuerzo era mucho a través de un largo recorrido, cuidando_casi obsesivamente_ para no llenarlos de arena. Además, había que ir sorteando las espinas y palillos, las piedras y picos de la calle de piedra que llevaba hasta el parqueo del balneario, resultaba ser una especie de tortura. En ese trayecto aún podía escuchar el sonido de las olas retumbando en mi cabeza, el calor en la piel, el cabello mojado _tan molesto cuando lo soplaba el viento_, los oídos tapados porque quizá aún tenía agua de mar ahí adentro.
Si salíamos temprano ya en el parqueo tomábamos café, pero el llegar al carro era algo molesto, pues generalmente estaba súper caliente, y entre la brisa y el sol, ya la piel estaba quemada y era terrible hasta el roce de la piel. Eso significaba que en la casa me esperaba más crema, sábila, maicena, entre muchas otras recetas caseras.
Cuando había suerte, teníamos una segunda escala en Mata Limón, por el muelle de Caldera, experiencia que para mí se debatía entre la emoción de una aventura y el terror de puente de madera, pues todo el recorrido pasaba mirando hacia abajo pues habían varias tablas quebradas en ese paso de madera, y me daba miedo obviar una y caer al agua por los agujeros que se hacían. Obviamente, ahí ni loca le soltaba la mano a mi papá.
El largo viaje de regreso era cansado y me dormía recostada a alguna de las ventanas, apoyada en el paño húmero que aún envolvía mi cabello mojado. Mis dos hermanas en ese momento, se dormían parecido a mí, cuando no nos poníamos a jugar a ver y saludar a las personas que venían detrás de nosotros en la presa.
Llegando a Santiago, debíamos sacar los abrigos, porque la neblina de San Ramón, ya se empezaba a sentir. Cansada, asoleada, con la piel quemada, pero con el corazón lleno de energía y alegría de haber visitado el mar. En ese momento solo un pensamiento rondaba mi cabeza, casi soñando despierta: cuando será la próxima vez que regresaré al mar.
Llegando a Santiago, debíamos sacar los abrigos, porque la neblina de San Ramón, ya se empezaba a sentir. Cansada, asoleada, con la piel quemada, pero con el corazón lleno de energía y alegría de haber visitado el mar. En ese momento solo un pensamiento rondaba mi cabeza, casi soñando despierta: cuando será la próxima vez que regresaré al mar.

Hoy en día, cada vez que puedo visito la playa, fue y sigue siendo mi lugar favorito. Mis vacaciones perfectas, siempre incluyen el mar.
Ahora aprecio más los detalles: la sensación de la arena entre los dedos, la brisa fresca, el cambio de la luz del sol del mediodía con la luz que brinda al atardecer, las palmeras, la frescura del agua, los caracoles, las piedritas de colores, las conchas, los sandwis o el arroz con pollo, mi esposo quejándose de lo incómodo que le resultan todos estos detalles; ¡sencillamente, es una escena hermosa!
A pesar de que muchas cosas han cambiado, aún sigo enamorada del mar.
A pesar de que muchas cosas han cambiado, aún sigo enamorada del mar.
Es por esto, que al pensar en un nombre para el blog, obviamente, lo más maravilloso que pude encontrar fue: como la espuma del mar.
Rebeca Quesada
02 de diciembre, 2015
San Ramón, Costa Rica

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